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| Crónicas : El caso "Like a Rolling Stone" |
| Enviado por editor el 6/12/2006 15:40:00 (3091 Lecturas) |
El 16 de junio se cumplen 40 años desde que un conjunto variopinto de músicos, de diversas procedencias y estilos, conducidos por un genio emergente en pleno uso de sus poderes de creación se reunieron para grabar Like a Rolling Stone.
El caso "Like A Rolling Stone"  —Juan B. Heinink
El 16 de junio se cumplen 40 años desde que un conjunto variopinto de músicos, de diversas procedencias y estilos, conducidos por un genio emergente en pleno uso de sus poderes de creación se reunieron para grabar Like a Rolling Stone, un melodrama abstracto cantado por su autor que aún corona la cumbre de las interpretaciones musicales más inspiradas. El hecho tuvo lugar en la última planta del 799 de Seventh Avenue, donde se ubicaba el viejo estudio A de Columbia Records, en New York. Los responsables de la obra en cuestión fueron Bob Dylan (compositor y cantante, acompañado de su guitarra eléctrica y armónica), Michael Bloomfield (guitarra eléctrica solista), Al Kooper (órgano Hammond), Paul Griffin (piano), Joe Mack (guitarra baja), Bobby Gregg (batería) y Bruce Langhorne (pandereta), así como el productor Tom Wilson. Se registró mediante toma directa de sonido por líneas de micro en una grabadora magnética de cuatro pistas controlada por los ingenieros Roy Halee y Peter Dauria. En la mezcla de las pistas no hubo necesidad de hacer ningún retoque, salvo la supresión de la claqueta indentificativa y el one, two, three iniciales, obteniéndose tras efectuar un certero fundido final 6:08 minutos válidos de una toma original que duraba 6:34. A propósito del aniversario, el escritor y crítico Greil Marcus ha publicado el ensayo Like A Rolling Stone: Bob Dylan At The Crossroads, donde revela pormenores hasta ahora desconocidos sobre la grabación del disco y da una idea de la conmoción que produjo su edición en los círculos musicales más avanzados de la época. Y no sólo eso, sino que semanas después ascendía hasta el número 2 en las listas de ventas norteamericanas, lo que indica la excelente acogida que cosechó entre el público en general.
Yo tenía 16 años cuando escuché Like a Rolling Stone por primera vez. Fue en el otoño-invierno de 1965. Aquí, en pleno franquismo, vivíamos prácticamente de espaldas al mundo y no conocía a Dylan más que como compositor de temas cantados por Joan Baez o Peter, Paul & Mary. Al oír los primeros compases algo estalló en mi cerebro: era como si hasta entonces mi mente hubiera permanecido envuelta en la penumbra y, de pronto, todo se iluminara, como cuando vuelve la luz tras un eclipse total de sol. Corrí a contar el descubrimiento a mis amigos y así comenzó una excitante aventura de exploración en busca de las claves secretas del arte de Dylan, el artífice de esa voluptuosa melopea-rock, en cuyo carrusel de sonido policromo se eriza la pasión de un poeta en éxtasis, de un cantante que no canta ninguna melodía, sino que vomita sus versos con inflexiones que desgarran la conciencia cual latigazos de pintura en un potaje surrealista de Jackson Pollock. Like a wild thing, baby!, exclamó alguien antes de cerrarse los micros. Pues eso. En el principio imperaba el caos... Un compositor y cantante, con alma de prestidigitador, se rodea de un grupo de músicos más o menos virtuosos. No habla mucho, no lleva partituras, no tiene una idea precisa de lo que quiere. Se sienta al piano, toca unos acordes rudimentarios que se tornan diabólicos cuando el guitarrista pretende trasponerlos a su Telecaster y explicárselos a los demás. Al cantante le falla la voz en las notas altas y acuerdan aplazar la sesión al día siguiente. En la nueva convocatoria han sustituido un par de músicos. El autor deja el piano y se cuelga su guitarra eléctrica, que la afina a su manera, con la sexta cuerda en do. Los músicos se recolocan. Uno de los guitarristas juega con el Hammond y al compositor le gusta lo que hace. La decisión del tempo exacto queda a merced del batería. Lo intentan varias veces sin éxito, pero a la cuarta salta la chispa, las piezas encajan y se produce el milagro. Sin embargo, no deben de ser muy conscientes del resultado obtenido porque volverán a la carga hasta que al filo de la toma 15 sucumban al cansancio y claudiquen. Cuando escuchan lo grabado, todo es bisutería y quincalla excepto esa take four que va creciendo en interés, que parece evolucionar por su cuenta, como un ente autónomo independiente de sus progenitores, que proclama a los cuatro vientos que posee vida propia y que, además, es inmortal. 
Al igual que el origen del universo o el despertar de la vida, Like a Rolling Stone fue fruto del azar. Pero la llave maestra, la palabra mágica, el hágase la música es patrimonio de Dylan, y se aloja en su estrategia, en el método: el artista propone una estructura, un ritmo, unas rimas, seduce a los músicos que le rodean y da la orden de arranque. Así se retira el velo del subconsciente colectivo donde todos interactúan por impulsos libres de falsos pretextos, sin atender a grados ni jerarquías, sin rutinas ni pautas precocinadas, sin figuras solistas propensas a demostrar su virtuosismo... Y cuando las fuentes sonoras alcanzan el equilibrio, el caudal de la música fluye majestuoso. En el campo del jazz esto se llamaría jam-session, aunque con una diferencia fundamental: en jazz los solistas aguardan su turno como quien corre una carrera de relevos; con Dylan, cuya voz funciona como un instrumento más dentro del conjunto, se requiere que en todo momento actúen como integrantes de la orquesta. El secreto de esa famosa toma 4 es que mantiene un tempo que permite a los músicos navegar en capas superpuestas, sin atropellarse unos contra otros, y como nuestros oídos no son capaces de asimilar tanta riqueza acústica de una sola vez, nos vemos empujados a trazar itinerarios siguiendo el recorrido de algún instrumento en concreto, pero en esa selva de matices acabaremos perdiendo el rumbo, desorientados, hipnotizados, embrujados, fuera del espacio y del tiempo. Por eso, como dice Marcus, la obra se presta a múltiples lecturas y siempre que se escucha se percibe algo nuevo.
Sin ninguna duda, Like a Rolling Stone es con diferencia la canción que he oído más veces. He hecho un cálculo aproximado y creo no equivocarme mucho al afirmar que acumulando todos esos minutos que le he dedicado se alcanzaría la suma de dos meses a razón de 24 horas diarias. Y eso sin contar otras versiones del propio Dylan, como la de Before the Flood, que también me causó fuerte impresión. Sin embargo, para que la fórmula surta efecto es preciso optimizar su potencial sonoro y toda su amplia gama de colores, con los graves de la sección rítmica barrenando el estómago y el tintineo de la pandereta haciendo cosquillas en la nuca. Quien desee ilustrarse sobre la evolución de los prensajes y sus grados de fidelidad acústica debe consultar los trabajos de Roger Ford. Yo me quedo con la edición CD-Gold del álbum Highway 61 Revisited, para la cual digitalizaron una mezcla original previa a que la señal se comprimiera con objeto de ajustarla a los límites de tolerancia de las copias en vinilo.
Like a Rolling Stone marcó un antes y un después en el modo de concebir y escuchar música. Hubo unos cuantos de la vieja escuela que la aborrecían... Pues nada, ¡que en paz descansen! Los ejecutivos que pretendieron bloquear su salida a la luz, y sus acólitos, quedan para la Historia como absolutos imbéciles. El genio del artista se impuso a sus detractores y, aunque poco dado a repetirse, se permitió la licencia de seguir en ocasiones la estela de lo que fue su buque insignia de la era eléctrica. Con One of Us Must Know, por ejemplo. Pero quizá esta fuera demasiado perfecta, y ya sabemos que Bob Dylan es el mago de la imperfección. © 2005 by Juan B. Heinink
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Artículo previamente publicado en Residence Dylan Club (18.Abr.2005) |
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