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Opinión : Bob Dylan, the King of the Jungle
Enviado por editor el 14/10/2012 19:20:00 (905 Lecturas)

Algunas reflexiones a propósito de Tempest


Podría decirse que la música es como la jardinería: se trata de crear un conjunto armónico a base de plantar árboles que no se den sombra los unos a los otros, ordenar las flores para que formen vistosos dibujos de colores, recortar el césped, perfilar los setos, arrancar la maleza... Sin embargo, en un bosque, en la selva, también hay equilibrio, armonía y una exuberante belleza natural. Y es que existe un tipo de música —el jazz, el blues e, incluso, el rock— donde predomina la interpretación sobre la composición, donde cada músico toca en función de lo que hagan los demás, donde cada uno improvisa su estrategia en busca de un espacio sin sombra, con el ritmo como guía y el swing como norma. Es la música de la conversación, el diálogo, la provocación, la respuesta instantánea... siempre diferente, siempre nueva y llena de sorpresas.

Cuando Dylan decidió tocar con banda, la casualidad le llevó a tomar el segundo camino y se reveló como un explorador asombroso: el álbum Highway 61 Revisited es un bosque milenario de sequoias gigantes, Blonde On Blonde la selva del Amazonas, John Wesley Harding un hermoso y refrescante pinar... Luego, se lavó la cara y se metió a jardinero, aunque Nashville Skyline ni siquiera sería un jardín, tan sólo el balcón de la abuelita con sus macetas de geranios, gladiolos y algún que otro pensamiento. Lo siguiente fue decepcionante: muchas canciones excelentes, sin duda, pero álbumes casi siempre fallidos por decisiones manifiestamente equivocadas: regrabar y sustituir varias canciones de Blood on the Tracks fue un enorme patinazo, alterar con overdubs Infidels, Empire Burlesque, Oh Mercy... un espanto, dejar de lado temas tan preciosos como Nobody 'Cept You, Abandoned Love, Caribbean Wind, Foot of Pride, Blind Willie McTell, el primer Born in Time... absolutamente demencial. Odio reconocer que lo más sensato y coherente que hizo a lo largo de esos años fue Slow Train Coming. Y cuando todo parecía perdido construyó un formidable monumento: Time Out of Mind, una selva frondosa rebosante de matices de aspecto y color desconocidos. En realidad, aquello no era natural sino una jungla prefabricada en invernadero, pero funcionó, convenció, apasionó, marcó un antes y un después.

Mientras tanto, la labor de explorador al pie del cañón la ha ejercido con mayor o menor fortuna dando conciertos, martirizando músicos a base de cambiarles a diario el repertorio e improvisar arreglos sobre la marcha. Poco importaba ya lo que viniera después, había puesto el broche de oro a su carrera, pero tras dar varios rodeos, siempre muy bien recibidos, ha llegado Tempest: la selva en estado puro, sin ninguna concesión a la galería, un álbum que requerirá infinitas audiciones para abstraerse de los redundantes e hipnóticos riffs, para apreciar, comprender y disfrutar cada nota escondida, cada compás, cada rima, cada sílaba, cada juego de palabras, cada énfasis, cada sugerencia, cada confidencia, cada intención... En un mundo acostumbrado a lo fácil, a la estúpida práctica del usar y tirar, Tempest constituye un rotundo desafío, la enmienda a la totalidad. Ahí está. Ladies and gentlemen: Bob Dylan, the king of the jungle!

Este 2012 Dylan me ha proporcionado dos momentos de intensa emoción. En junio, en un concierto de superior altura junto al Guggenheim de Bilbao, interpretó un Can't Wait con tal convencimiento y pasión que sentí más cerca que nunca su complicidad, el privilegio de contar con su compañía. En septiembre, escuchando por primera vez la canción Tempest hubo un punto en que no pude contener las lágrimas. ¿Nos estamos hundiendo? ¿Será esto lo último de Dylan? Quizá dentro de dos o tres años él publique un nuevo álbum, pero ¿dónde estaremos muchos de nosotros? Tal vez, fuera ya de juego, como Lennon. O peor: en el fondo del mar.

En Tempest, el álbum, hay al menos tres Dylan: el compositor, el intérprete y el productor. Cada cual con cometidos y enfoques particulares. El Dylan productor es un rebelde que desafía los cánones de la ingeniería al elevar el volumen de la voz un par de puntos por encima de lo normal y rebajar en una medida similar la instrumentación, excepto bajo y batería. El efecto es un sonido especial, que creará escuela, y que aporta el grado de uniformidad que todo productor debe imponer si pretende construir un álbum que sea algo más que una mera sucesión de canciones. Con la instrumentación al fondo y muy entremezclada, se encauza la atención hacia la voz, hacia las palabras. Y David Hidalgo, que en Together Through Life era el invitado del acordeón, aparece ahora como multi-instrumentista e integrado por completo en la orquesta. Claro que hay una excepción, Dylan casi siempre la hace: en Narrow Way se cumple la norma de mezcla standard. Bien, vale como contraste, pero la diferencia es notable y un tanto desconcertante.

Si el productor se esfuerza en aglutinarlo todo, el compositor tiende hacia la variedad, la diversificación, la policromía, abarcar un amplio espectro, enlazar con sus obras anteriores, establecer puentes, abrir nuevos caminos. Al tercer elemento, al intérprete, le corresponde transmitir su estado de ánimo en un preciso instante y Dylan lo hace, poco importa si fingiendo o no, porque ya conocemos lo fácil que le resulta cambiar de máscara y saltar de la profunda tristeza a la desbordante alegría en cuestión de segundos.

Comenzamos con Duquesne Whistle, un rag, como You're No Good, la primera canción de su primer long-play, grabado hace cincuenta años. Por otra parte, la letra está escrita junto a Robert Hunter, el colaborador de su anterior álbum. Sirve, por tanto, como doble puente y constituye una perfecta intro de lo que vendrá a continuación. Yo me preguntaba cómo sonaría un Charlie Mingus con una banda de New Orleans al fondo. Ya tengo la respuesta.

Soon After Midnight era una composición peligrosa, muy Self-Portrait. Pero está claro que con los mismos ingredientes se pueden cocinar guisados totalmente distintos. Es aquí el Dylan intérprete quien con los matices de su voz no sólo la salva de la vulgaridad sino que le otorga la vida eterna.

Se nota que Dylan ha repasado toda su carrera en los conciertos de este último año. Si le queda algún álbum con al menos una de sus canciones pendiente de refrescar, aún podría hacerlo. Narrow Way es el típico country-blues con compases alterados con respecto al modelo básico, pero Tombstone Blues o Dirt Road Blues eran más vibrantes. Su forma de cantar es aquí distante, recuerda a las interpretaciones vocales de Modern Times, donde parecía que estaba ausente, adormilado... watching the river flow. Como se decía unas líneas antes, Narrow Way es la excepción en un álbum donde todo lo demás es directo y penetrante. La letra es, sin embargo, digna de estudiarla con calma.

Inclasificable, obra maestra absoluta: Long and Wasted Years. Nadie, excepto Dylan, puede imaginar una canción así y narrarla así. Hipnótica. Sobran las palabras.

Otro plato fuerte: Pay in Blood es una canción con proyección de futuro y raíces profundas. Hay algo de The Band en ella. Su tempo trae a la memoria el insólito y vanguardista Tough Mama, que brillaba muy por encima de lo demás en aquel escaso y escuálido Planet Waves, por mucho que en su momento, dadas las circunstancias, lo recibiéramos con alivio y esperanza. Aunque Levon nunca congenió con Dylan, creo que Pay in Blood la hubiera bordado. Merece la pena imaginarlo.

Scarlet Town alcanza por momentos niveles óptimos, pero es de las que Bob puede mejorar en concierto. El banjo estilo Gumu le da un color de vino añejo que potencia su sabor. Blues, desprovisto de acorde dominante, es Early Roman Kings y, como la anterior y como casi todo el álbum, contiene frases incisivas y rimas memorables que se irán asentando en la memoria colectiva, ampliando el vocabulario poético y adquiriendo vida propia. Pienso, por ejemplo, en My bell still rings.

Puede parecer un plomo al escucharla por primera vez, luego escalará puestos hasta situarse entre las favoritas. Tin Angel es la propuesta más arriesgada del Dylan de los últimos años: nueve minutos, acorde único, narración sobre sobre loop musical... Podría ser un rap, claro está que el loop no es electrónico sino natural y, aunque algunos lo pongan en duda, Dylan canta. Podría ser un tema jazz-rock de Miles Davis a la trompeta con sordina. Podría ser una tragedia griega o una obra de Shakespeare, quizá un mural de Escher o una película de Orson Welles... Tin Angel podría ser más o menos como Isis. ¿Escuchan Isis los entusiastas del Desire? Si es así, no hay problema: Tin Angel es como Isis, aunque mucho más sólida, entre otras cosas porque estos músicos están a años luz de aquellos verbeneros.

Como compendio del mosaico expuesto en los ocho temas previos, la descomunal Tempest es el Apocalipsis, el hundimiento de la civilización, el fin del mundo al ritmo de vals de las olas. Ojalá tan sólo tratara del naufragio del Titanic. Quizá en las películas que se han filmado sobre ello no haya nada más que lo que se ve, pero la canción de Dylan funciona a otro nivel, como en las parábolas. El dicho de que una imagen vale más que mil palabras da una voltereta y se pone del revés. Cuando el violín deja de sonar en la última estrofa ya intuimos lo que ocurre: éste se ha ahogado y ahora nos toca hacerlo a los demás. Fade-out. Se baja el telón.

A modo de epílogo, se ha incluido Roll On, John. Pudo haber sido una grata sorpresa que Bob la hubiera grabado él solo, y mejor con guitarra que al piano. No es la primera canción que Dylan dedica a recordar a alguien. Song to Woody y Lenny Bruce precedieron a ésta sobre John Lennon, que no sólo murió sino que lo asesinaron. Desde entonces muchas bajas, muchos naufragios y una pregunta. ¿Qué es lo más valioso que nos queda tras la pérdida de tantos compañeros de viaje? Sí, queda algo muy importante: la memoria.

Juan B. Heinink


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