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Enviado por editor el 8/1/2013 14:20:00 (792 Lecturas)

Bob Dylan: The 50th Anniversary Collection



Por el día en que salió la noticia, el 28 de diciembre, creí que se trataba de una inocentada. Pero no: Columbia ha tenido la feliz idea de celebrar el cincuentenario de su matrimonio con Dylan liberando sus grabaciones inéditas de 1962 en una edición de 4 CDs extremadamente limitada, que es el mejor modo de conseguir que se difunda de forma masiva. Es una joya que en parte se conocía gracias a los piratas y que ahora se puede escuchar con buena calidad de sonido. Ya sólo falta que con el Freewheelin' oficial se obtenga esa misma calidad acústica, puesto que pese a sus múltiples remasters sigue siendo muy deficiente.

The Freewheelin' Bob Dylan fue retrasando más y más su salida al mercado y acabó convirtiéndose en un greatest hits, un potaje de múltiples sesiones grabadas a lo largo de un año, con la consiguiente falta de unidad temporal y coherencia estilística propias de este tipo de productos. Lo más grave del asunto fue que entonces quedaran inéditos temas fundamentales de un artista que en aquel momento de su carrera contaba de tal modo con el favor de los dioses que era genial en todo lo que hacía, incluso cuando se equivocaba. Confiemos en que Columbia siga los próximos años liberando lo que queda hasta llegar al menos al Blonde on Blonde. Yo no quiero morirme sin escuchar las sesiones completas de She's Your Lover Now y de One of Us Must Know y, por favor, no se entretengan en cortar los espacios entre toma y toma, porque toda esa charla entre músicos, las claquetas, los one-two-three... también son arte con mayúsculas.

A veces me preguntó por qué siendo mis abuelos estupendos mis padres eran, en cambio, tan petardos. Yo creía que se trataba de vaivenes generacionales. Con el paso del tiempo, cuando mis padres se fueron haciendo viejos empezaron a caerme mejor. Eso me lleva a pensar que el problema no era generacional sino de edad. Que muy probablemente el ser humano entre los treinta y los cincuentaypico, año arriba, año abajo, sea mucho más deleznable de lo que aparenta. Ojo: mirar en el diccionario el significado de deleznable y luego, cada vez que nuestro amado presidente del gobierno u otro líder de opinión lo use, comprobar si realmente saben lo que están diciendo estas ilustres señorías, españoles de pura cepa, sin duda, y perfectos descendientes directos del mono-lingüismo.

Como decía, tengo la impresión de que la llamada madurez, la edad adulta, es un fracaso, pese a que en el aspecto animal se goce de estabilidad plena, o quizá por ello. Se entra en una fase donde se reorganiza el orden de preferencias, donde pasan a ser importantes cosas que hasta entonces no lo eran y viceversa: el deber sustituye al placer, la planificación y el control predominan sobre el azar... se deja de jugar. Afortunadamente, aunque con matices, el orden anterior empieza a reestablecerse en torno a los sesenta años y quizá por eso los jóvenes se llevan bastante bien con los abuelos, siempre y cuando, claro está, no sufran unos u otros averías irreparables. La palabra clave es Juego, no el de la lotería ni las tragaperras, sino eso que Orson Welles llama Rosebud. Jugar, probar, experimentar, enredar... abren la puerta de la creatividad. El deber, el dogmatismo, el control y la seguridad la cierran. Y la creatividad —la imaginación, la inventiva— es la cualidad específica de los seres humanos. Para desempeñar otras funciones ya existen los animales o las máquinas y es inútil rebajarse a competir contra ellos porque saben hacerlo mucho mejor.

Puestos a imaginar, imaginemos un chaval con pinta de paleto que acaba de llegar a Nueva York en pleno invierno, que pulula por los clubs de folk del Village y que armado de su armónica no deja de dar la pelmada a los músicos allí establecidos en cada sesión open-mike que se celebra. Imaginemos a ese chaval unos meses después consiguiendo lo que ninguno de aquellos veteranos pudo: publicar un álbum y firmar un contrato discográfico, nada menos que con Columbia Records. No parece que despertara muchas envidias. Dave Van Ronk, Mark Spoelstra, Eric von Schmidt... eran músicos curtidos y eran buena gente. Le arroparon, le dieron cobijo, le dejaron robar ideas, arreglos... Ahí, con ellos, jugando y enredando, nació Bob Dylan.

Allá por el año 1967, de un modo u otro, ya habíamos conseguido copias de todos los discos de Dylan hasta Blonde on Blonde, habíamos leído sobre su concierto de 1966 en el Olympia de París y sabíamos que había sufrido un accidente de moto, que se había retirado y que quizá nunca más volvería a grabar. En un viaje a Bayona encontré un single recién editado en Francia y totalmente desconocido para mí: Mixed Up Confusion. ¿Qué era aquello? ¿Una canción nueva? Su cara B era Corrina, Corrina, que ya venía en el álbum Freewheelin'. Pero un día la escucho y le digo a Javi: me parece que esta Corrina no es la misma que la del álbum. Que sí, que no. Pinchamos el álbum, luego el single, el álbum otra vez... ¡Eran distintas!

Un par de años después salió GWW, el primer pirata de Dylan, el Great White Wonder, dos discos de color caramelo y sonido calamitoso. Yo estaba liadillo con una chica americana que decía llamarse Ahnny y que tenía un lunar entre ceja y ceja, pero luego supe que el lunar era falso y sí era americana: de Cuba. El caso es que Ahnny, o sea Aniceta, se iba de viaje a USA. Le pedí que me trajera el GWW. Tres o cuatro meses más tarde me encuentro con A. de nuevo en Bilbao. Había pasado una eternidad, pensé que se había olvidado de mí. Ocurrió que al volver de América la chica se quedó varias semanas en Madrid y ¡sorpresa! no se había olvidado ni de mí ni del GWW, aunque ya era más bien un Great Brown Wonder puesto que medio Madrid lo había sobado y requetemachacado. Inolvidable Ahnny.

Con GWW y unos artículos que publicó Rolling Stone supimos que Dylan tenía muchas más grabaciones inéditas que oficiales. Así comenzó una historia sin fin, donde la edición de este cuádruple CD sólo supone un capítulo más. Mientras los piratas triunfaban con su GWW, Columbia lanzaba Self-Portrait ante el estupor de crítica y público. Nadie podía explicarse un giro tan brusco hacia la vulgaridad en alguien que poco antes corría con ventaja muy por delante de cualquiera de sus contemporáneos. Mi teoría es que al escuchar el revoltijo de las basement tapes se le ocurrió hacer algo parecido y de forma controlada en estudio, pero luego se aburrió y dejó el asunto en manos de su productor, que a su vez pagó la novatada de las multipistas (8-track en aquel momento), introduciendo overdubs a todo pasto. El propio Dylan llegó a decir que hasta entonces había hecho música de forma inconsciente y que en lo sucesivo trabajaría con premeditación y mayor control. ¿Consciencia? ¿trabajo? ¿control?... claros síntomas de un afectado por el síndrome del adulto responsable.

Veo que la salida de este cuádruple me está sirviendo para reavivar muchos recuerdos. Por fin sale a la luz uno de mis temas favoritos: Hero Blues, que solía tocar con Miguel y Jesus, y de la que sobrevive una versión que grabamos en mi casa hacia 1980. Escuchar Lonesome Whistle Blues me lleva irremediablemente al día de 2001 en que nos juntamos Luis, Félix, Juan y yo para grabar una sesión en Riff producida por Xabi, que ahora es vecino mío y con quien acabo de cruzarme por la calle. Con I'm in the Mood for You me sitúo en el nuevo estudio de Saúl en Larrabasterra, aún a medio construir. Ha llovido lo suyo desde entonces y eso que sigue siendo la sesión más reciente de Zimming Point, un formidable mano a mano entre Gumu y yo. El protools se caía constantemente, la intentamos varias veces y al final entró una toma completa, muy relajada, muy divertida, que se puede oír en nuestro player de MySpace.

He leído una entrevista con Dylan en Rolling Stone —ilustrada, según me han asegurado, con algunas fotos tomadas en una sala de la Sociedad Bilbaina, en Bilbao, por supuesto— donde afirma con vehemencia no tener nada que ver con el Dylan de los sesenta. Pues es una pena. Como sabemos, se puede ser un fuera de serie en ciertas materias y un ignorante en todo lo demás, o se puede saber de todo un poco y de nada en profundidad. No hay ninguna otra alternativa, excepto la de ser un inútil total. ¿O sí, la hay?

Imaginemos a un fracasado escolar que con veinte años recién cumplidos conoce la obra de los clásicos griegos, que ha leído a Shakespeare, Rimbaud, Kerouac, Brecht y la Biblia, con nociones nada desdeñables de historia, cine, pintura, filosofía, psicología y sociología, que sabe tocar baladas irlandesas, blues de Robert Johnson y canciones polvorientas de Woody, que compone temas propios y los interpreta con evidentes muestras de complicidad y regocijo por parte de un público con nivel intelectual medio-alto, que es valorado y reconocido a la vez que divertido y juerguista, que sale con chicas estupendas y tiene amigos que le adoran.

Imaginemos un músico que ha cruzado la frontera de los setenta, que ha compuesto un millar de canciones, que acaba de publicar un álbum inquietante, poderoso y emocionante, que sigue haciendo oír su voz dando conciertos por todo el mundo, que... que... y que, como dice Coppel, canta así porque quiere.

Imaginemos que el chaval de veinte años y el abuelo de setenta se llaman igual. No tienen por qué ser la misma persona, ni siquiera parientes, pero ¿no sería maravilloso que sí lo fueran?

Juan B. Heinink


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